No hay lluvia sin arcoíris

Las gotas caían sobre la ventana, pausadas, repetitivas, casi como si se tratasen de pequeñas olas con intención de esculpir el cristal que, con tanto ahínco, hacían resonar. Una vez abierta, la mano alzada acariciaba las lágrimas de las nubes en un vano esfuerzo por calmar su tristeza. De pronto, un relámpago rompió el cielo en mil pedazos. Por un momento, casi llegó a creer que había visto su rostro, su boca…, su voz susurrando su nombre, advirtiéndole, explicándole que todo iría bien.

Con apenas esfuerzo, Helios hizo su aparición, reinando, impoluto, sobre los vestigios de lo que una vez fue oscuridad. Ahora, el cielo sonreía, agradecido por la caricia. Compasivo con la persona que había intentado consolarle. Decidió, pues, regalarle todos los colores que pudieran ver sus ojos esmeralda, tan brillantes y vivos, como una vez lo estuvo su alma.

«Todo esfuerzo se ve recompensado, incluso el que, a simple vista, parece no servir para nada», fue lo que escuchó susurrar al viento mientras azotaba sus cabellos sueltos, libres y puros, tanto como su persona. Una sonrisa tímida y juguetona se abrió paso entre las pequeñas lágrimas que había dejado la lluvia. Los truenos fueron intercambiados por risas, y, los nubarrones, por claridad absoluta reflejada en palabras escritas.

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