Échale un vistazo a ‘No existe el perdón’

Todos los derechos reservados. Queda prohibida, bajo las sanciones establecidas por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra a través de cualquier medio, ya sea digital o físico, así como la distribución de ejemplares sin el consentimiento explícito del autor.
Los personajes, acontecimientos y ciertos lugares de la novela son completamente ficticios. Cualquier parecido con la realidad o con personas, vivas o muertas, es pura coincidencia.


Prólogo

 

 

 

¿Por qué yo? ¿Por qué aquí? ¿Por qué ahora?

Una detrás de otra se sucedían esas preguntas en mi mente. Una y otra vez. Sin prisa, sin pausa, taladrando constantemente mi cerebro como si de agujas se tratasen. Era una sensación extraña. Siempre había pensado que esas cosas solo le pasaban a la gente en los cuentos, en las leyendas, en los sueños. Pero, esta vez, no había sido un sueño, ni una leyenda, ni un cuento. Esta vez la realidad se cernía sobre nosotros como agua de mayo. Sin comerlo ni beberlo, habíamos acabado en esa situación… O, al menos, eso era lo que llegaba a mi mente cuando pensaba en ello.

Después de estos meses, con sus días y sus noches, sus idas y venidas, durante los que había tenido infinidad de momentos para llamar, cartear o lo que fuese, decidía hacerlo justo en ese. Había tenido suficiente tiempo para volver, para decirme lo que quería, y tuvo que escoger este precisamente. Sabía que era una tontería pensar en ello, daba igual el momento, pero era lo único racional que pasaba por mi cabeza.

Lo miré con una mezcla de sorpresa y odio. Estaba enfadada, claro que estaba enfadada, y tenía razones para estarlo. ¿Cómo se atrevía? Cerré los puños, lista para acertarle en toda la nariz, con unas irrefutables ganas de partirle la cara y dejarle tonto de por vida. Pero me contuve. En su lugar, las bajé hasta mi regazo y apreté la servilleta con ganas, dejando la huella de mis uñas recién arregladas en ella. No era capaz de articular palabra y él lo sabía. Me miraba como si yo tuviese que decidir si vivía o moría. Sin duda alguna, habría elegido la horca de vivir en otra época y otro lugar. Quería su muerte. Pero… ¿realmente la quería?

Mi mente me estaba jugando malas pasadas. Todos los recuerdos de antaño me golpearon como un torrente de aire, parecido a cuando sacas la cabeza por la ventanilla de un coche en marcha. El primer toque, el primer abrazo, el primer beso, la primera noche… No. Me negaba a dejar que esos pensamientos inundasen mi mente justo en aquel instante. Ese imbécil no sabía con quién se estaba metiendo, pero lo iba a saber.

Nunca había mirado a nadie con tanta rabia como lo estaba haciendo con él. Me levanté de la mesa de un salto, cogí mi abrigo, mi bolso y me encaminé hacia la salida sin mirar atrás. Solo me lo permití al llegar a la puerta, donde un camarero me deseó buena noche y tuve que volver la cara para agradecérselo. Por un instante pensaba que me seguiría, pero no lo hizo. Me observaba fijamente desde la mesa, con una mirada tan fría que habría cortado hasta el mismísimo hielo del Ártico. Fruncí el ceño ante esa reacción y salí del lugar como alma que lleva el diablo.

Él era el que venía, después de tres meses sin saber ni cómo estaba, y me pedía matrimonio, sin más. Él era el que me dejó tirada en aquella enorme casa sin darme ninguna explicación. Él era el que había acabado con nuestra relación sin siquiera dignarse a decírmelo a la cara. Y, encima, ¿era él el que se enfadaba? No podía creérmelo.

Miré al aparcacoches con cara de pocos amigos. En cuanto me entregó las llaves del vehículo, le di las gracias y subí al asiento del conductor. Una vez dentro, me quedé quieta, conteniendo el instinto asesino que me habría hecho gritar de no ser por la gente que me miraba. Cerré con fuerza los ojos y respiré hondo varias veces. Estaba frustrada. Estaba cabreada. Estaba muy, pero que muy, confusa. No entendía absolutamente nada y eso me desconcertaba como pocas veces.

Abrí los ojos justo para ver que el muy impresentable se había plantado delante del coche, con cara de enfado y sin intención de dejarme avanzar. Lo miré exactamente con la misma expresión y arranqué el motor. Esperé unos segundos y pisé el acelerador con el freno cogido. Sin amedrentarse ni moverse un solo milímetro, continuó con el reto de miradas.

Me había arreglado, había sacado toda la fuerza que podía para acudir a una cena, de la cual la única invitación que tuve fue una tarjeta unida a unas flores. Fui, simplemente, por curiosidad, pensando que, si no lo veía desde la puerta y aquello era una trampa, me iría. Pero allí estaba. ¿De verdad pretendía que no le diese una negativa después de todo lo que nos había pasado? Aunque, en realidad, no se la di. No le dije absolutamente nada. Simplemente salí de allí, despavorida, al igual que había hecho él la última noche que le vi.

De nuevo, aceleré un par de veces. Al ver que no pensaba apartarse, metí primera y avancé con bastante fuerza. Pensaba que se apartaría, pero no lo hizo y le di de lleno en las rodillas, haciendo que cayese. Abrí mucho los ojos y frené de golpe. En mi defensa diré que pensaba que se iba a apartar. ¿Estaba mal de la cabeza? Me bajé a toda prisa. Al acercarme, se levantó rápidamente y entró en el lado del conductor, dejándome con cara de tonta delante de mi coche, justo donde había estado él.

Eso ya estaba pasando de castaño a oscuro. Se había pasado tres, no, que digo tres, veinte pueblos. Me acerqué hasta la ventanilla y la golpeé con furia hasta que la bajó unos centímetros. Era listo, sabía que si la bajaba más le pegaría un puñetazo que lo dejaría seco.

—Baja. Ya.

Se lo espeté sin importarme absolutamente nada lo que pensase la gente que hubiese a mi alrededor, que se había acercado después de escuchar el golpe que le di al imbécil que ahora no me dejaba entrar. Solo quería salir de allí antes de terminar matándole. Pero el muy descarado negó con la cabeza.

—Sube. Ya.

Ni siquiera se molestó en mirarme. Le conocía lo bastante bien como para saber que o me subía, o no terminaríamos con aquello jamás. Resoplé, cabreada y maldiciendo, hasta llegar a la puerta del copiloto. Entré y cerré con fuerza, arrepintiéndome después al recordar que se trataba de mi vehículo, no del suyo. Me crucé de brazos sin apartar la vista de la carretera.

—Ponte el cinturón —dijo en tono autoritario.

—No me da la gana. Bájate de mi coche, ahora.

—¿No puedes ni siquiera darme una respuesta?

Uuuh. Ya estábamos entrando en terreno peligroso. Le dediqué una de mis mejores miradas y sonrisas sarcásticas, pestañeando incluso un par de veces antes de abrir la boca:

—Claro: vete. A. La. Mierda —contesté, haciendo énfasis en cada una de las palabras—. Ahí tienes tu respuesta. Ahora bájate de mi coche si no quieres que me ponga a gritar.

Volví a mirar al frente, esperando que se fuese de una maldita vez. Pero, en lugar de eso, volvió a meter primera y salió a toda prisa de la entrada del restaurante. Le miré, incrédula. Tenía la mandíbula en tensión y la vista al frente, decidido. Dios… Odiaba que fuese tan condenadamente guapo. Está claro: si es guapo, es imbécil. Es la primera regla que todas las mujeres deberíamos saber y, aun así, seguimos cayendo. Eso de que uno no tropieza dos veces con la misma piedra es una burda mentira.

Después de media hora de camino y ni una sola palabra, me di cuenta de a dónde me estaba llevando. ¿Cómo se atrevía a acercarse a aquella casa? Era insistente. Terriblemente insistente. Una vez aparcado el coche, se quedó unos segundos quieto, con las manos en el volante. Ni siquiera tenía la decencia de mirarme, había que joderse.

—No sabes lo que pasó. No tienes derecho a estar enfadada.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Llevaba toda la noche con los nervios de punta, aguantando mis instintos, y ahora me venía con esas. Casi se me saltó la vena del cuello cuando dijo aquello y me giré, mirándolo, atónita, llena de rabia y con los puños preparados para la acción.

—¿Cómo puedes ser tan cabrón? Me dejaste tirada después de haber discutido por algo de lo que yo no tenía la culpa. Me miraste con tu típica cara de amargado y saliste del dormitorio. Cuando fui a buscarte para hacer las paces, no estabas. No había nada: ni una nota, ni una llamada…, nada.

Notaba cómo se me estaba quebrando la voz. Pero no, tenía que aguantar, no volvería a echar una sola lágrima por ese imbécil.

—Me tiré semanas sin saber por qué te habías ido ni dónde estabas. No había rastro de ti. Era como si no hubieseis existido. No tuviste la decencia de enviarme ni un puñetero mensaje. Me pasé las noches en vilo por no saber si estabas muerto o no. Y, ahora, tienes la desfachatez de presentarte aquí, pedirme que me case contigo y recriminarme que esté enfadada. ¡¿Acaso ves normal lo que haces?!

Había perdido los papeles. Me temblaban las manos y no sabía si reír, llorar o empezar a gritar más de lo que lo estaba haciendo. No sabía qué hacer, era la primera vez en mucho tiempo que no sabía qué narices hacer.

Entonces, con la frialdad que le caracterizó durante toda la noche, me cogió con fuerza de la cintura y me atrajo hasta él para plantarme un beso. De haber estado Troya en pie, probablemente habría temblado con aquel beso.

Empecé a pegarle empujones, manotazos, le arañé el cuello…, pero no me soltó. Sabía que no iba a poder deshacerme de su agarra, a pesar de que lo intenté con todas mis fuerzas. Lo malo es que la carne es débil.

Sin percatarme, terminé dejándome llevar. Lo agarré de las solapas de la camisa y profundicé el beso, impulsándome para quedar a horcajadas encima de él. ¿Qué narices estaba haciendo? Me había prometido matar a este idiota cuando volviese a verlo y allí estaba, sucumbiendo a sus encantos, a su inconfundible sabor.

A pesar de todo, mi frustración era demasiado grande y no dejaría las cosas así. Seguía enfadada y no le permitiría volver a mi vida tan fácilmente. Aunque… a nadie amarga un dulce, y ese beso era el dulce que llevaba esperando tras noventa días, aproximadamente, de dieta intensiva.

Ahora le llegaba la hora a él de explicarme el cómo, el cuándo y el porqué de toda aquella historia. Y, lo más importante: tendría que volver a reconquistarme si quería que me casara con él. Y no se lo iba a poner nada fácil.


Capítulo 1

 

 

 

Bastante tiempo atrás…

 

Un sonido, estridente y conocido, comenzó a retumbar en mi mesita de noche. Alargué la mano, sin siquiera mirar el aparato, y lo lancé contra la pared haciendo que parase. Me encantaba ese despertador, era la mejor compra que había hecho nunca. Aun recordaba el anuncio que salió en televisión sobre él:

El nuevo despertador Dos Mil hará que sus mañanas comiencen con buen pie. ¿Cansado de que el despertador se caiga y se rompa? ¿Cansado de tener que abrir los ojos para pararlo por los complicados botones que este lleva incorporados? ¡No lo piense más! ¡Este es su despertador!

Gracias a su revestimiento de goma y su ausencia de botones podrá pararlo sin problemas. Inalámbrico. Con regulador de intensidad para la luz. ¿Quiere detenerlo? Hágalo volar, péguele un golpe, ¡todo está permitido!

*Solo por oferta limitada, si llama ahora, la segunda unidad a mitad de precio.

¡No lo piense más! ¡Compre ya!

Era increíble lo que la tele-tienda podía proporcionarte en algunas ocasiones. Yo no solía verla, pero ese día de bajón me vino genial tener la tarjeta a mano. Además, era una oferta limitada. Tenía que aprovechar el momento.

Levanté la cabeza de la almohada y me deshice de los pelos que tenía en la cara, todos enmarañados y llenos de nudos, que entorpecían mi visión. Me estiré lo más fuerte que pude, quedándome sentada conforme el movimiento se iba desarrollando. Mi mente se puso en blanco durante algunos segundos que me parecieron horas.

Aquella mañana era clavadita a una muerta viviente: casi no podía abrir los ojos —estaban rojos e hinchados— y me dolía la cabeza a horrores. De pronto, noté cómo las tripas se me revolvían. Salí disparada hacia el baño. Fue llegar y echar hasta mi primera papilla. Me encontraba realmente mal. No volvería a salir con Marta, de eso estaba segura.

Cuando pude despegar la cabeza del inodoro, fui hacia el lavabo y comencé a echar agua sobre mis párpados, frotando a conciencia, intentando despertarme y despejarme. Al levantar la cabeza para mirarme en el espejo, hubiese preferido no hacerlo. Di un paso hacia atrás, asustándome de mí misma, antes de poner mala cara y empezar a desnudarme para entrar en la ducha. ¿Cómo había acabado así?

Intenté recordar todo lo que había hecho la noche anterior: me arreglé, fui en taxi hasta la discoteca —a sabiendas de que no podría volver conduciendo, aunque quisiera—, me encontré con Marta y unas amigas suyas, me las presentó (creo que una se llamaba Pilar). Negué con la cabeza para centrarme en cosas más importantes que el nombre de una tía a la que, probablemente, no volviese a ver. Después de estar un rato charlando, comenzamos a beber mojitos. A continuación, rondas de chupitos, y, de fondo, sonaba Live your life, de T.I. junto a la voz de Rihanna. Qué más… Evangeline, piensa…

Chasqué los dedos al recordar que fuimos a la pista y comenzamos a bailar. A mi mente vinieron unas manos fuertes alrededor de mi cintura, un chico, pero no su cara. Nada. A partir de ahí, solo veía oscuridad. Madre de la Macarena, que pedal nos pillamos. Tendría que llamar a Marta en cuanto mi cabeza estuviese despejada para que me explicase qué es exactamente lo que había pasado.

Cuando salí de la ducha, me sequé lo más rápido que pude, me coloqué la ropa interior y corrí hasta mi cuarto. Cogí unos pantalones de chándal negros, holgados, y una camiseta desteñida con las letras “Roma” en mayúscula; no pensaba arreglarme para estar en mi casa. Comencé a andar hacia la cocina para preparar el desayuno mientras marcaba el número de mi loca amiga.

Una señal. Dos. Tres. Cuatro.

—¿Sí? —contestó una voz ronca y demasiado alta. Me quedé un poco desconcertada antes de empezar a reírme sonoramente—. ¿Eva?

—Vaya. Y yo que pensaba que había sido la más afectada.

—Mira, guapa, no me toques las narices. Bastante tengo con parecer un camionero, y no lo digo solo por la voz. ¿Qué hora es? —Escuché cómo cogía algo y, a su paso, caían otros objetos haciendo un ruido desagradable—. Por Dios, Ev, ¿qué quieres? Son las siete de la mañana…

—Perdone usted, Marquesa de los mares del Sur —solté en tono sarcástico—. Quiero que me cuentes qué narices fue lo que me disteis anoche de beber para que ahora no me acuerde de nada.

—¿Quéééé? Me estarás vacilando. Yo no fui la que bebió cual cosaco para luego pirarse con un tío y dejar tirada a su mejor amiga, bonita. Por cierto, ¿has amanecido con ese guaperas? —Su voz cambió a un tono sensual en milésimas de segundo—. Puede que no. Al menos dime que le diste tu teléfono. O el mío.

Me llevé una mano a la cabeza y maldije en voz alta.

—Marta, casi no recuerdo ni mi nombre, ¿cómo quieres que recuerde si le di o no mi teléfono? Espera…, ¿has dicho guaperas? Cuéntame lo que sepas. Ahora. Vamos. Ya.

—Eh, eh, tranquilita. Vamos a ver: llegamos, nos emborrachamos y tú te pusiste a bailar con un tío guapo, alto, moreno, pelo corto, ojos grises, cuerpo en el que me encantaría haber podido beber… ¿De verdad que no te acuerdas?

—No… Joder… ¿Qué hice después?

—Ay, chata, de eso ya no tengo ni idea. Solo sé que se te veía muy contenta en los brazos de ese hombretón. Bueno, y que tu chaqueta está encima de mi silla. Recuérdame el lunes que te la lleve, anda —comentó justo antes de cambiarme de tema y contarme que ella sí había triunfado.

Después de un rato de charla decidí dejarla descansar y colgué. Por Dios. Había estado con un tío y ni siquiera podía encontrar en mi mente si me había acostado con él o no. Bueno, sí que me acordaba de algo: sus manos alrededor de mi cintura. Me masajeé las sienes con la yema de los dedos y decidí hacer algo productivo con mi día: limpiar el piso, que estaba hecho un asco.

Después de la cocina y el comedor, decidí ir a mi cuarto. Estaba todo manga por hombro: vestidos que me había probado el día anterior por el suelo; los tacones, todos, fuera de su lugar; el maquillaje por el tocador, desparramado; la almohada llena de pintalabios… Desde luego, había sido una noche movidita. Decidí comenzar por la ropa.

Tras diez minutos colocando, me di cuenta de que, a los pies de la cama, había algo que no era mío: una cazadora negra de hombre. Me la puse para comprobarlo y, efectivamente, me quedaba enorme. Un olor un tanto peculiar llegó hasta mi nariz y abrí mucho los ojos. Reconocía ese olor.

Me la quité y la dejé donde estaba para poder fisgar en los bolsillos. Solo encontré una tarjeta del bar al que habíamos ido esa noche. Qué decepción. Aunque ahora entendía por qué mi chaqueta la tenía Marta. ¿Cómo había llegado a mi piso? Arrugué el entrecejo al notar el dolor de cabeza y corrí hacia el baño a por una aspirina antes de seguir limpiando.

El lunes, al llegar a la oficina, cité a Marta a mi puesto de trabajo. Cuando la tuve dentro, me devolvió la chaqueta con su perfecta sonrisa y, sin más, se sentó en una silla, apoyando las manos cruzadas en la mesa para que pudiese contemplar con claridad su manicura de flores.

—Bueno, qué, ¿has averiguado algo de «nuestro asunto»?

Sonreí al notar la complicidad con la que me hablaba.

Sabía que en el trabajo no quería temas personales ni que los demás se enterasen de lo que hacía, o dejaba de hacer, en mis ratos libres. Negué con la cabeza y miré a nuestro alrededor. Cuando me cercioré de que nadie nos veía, me acerqué más a ella.

—Tengo su chaqueta. Estaba a los pies de mi cama y olía a él., pero no tengo ni idea de quién puede ser. Es frustrante, Marta, aunque no pienso amargarme por ello. Si realmente le gusté, ya me encontrará, y si no…, hay más peces en el mar. —Le sonreí y me eché de nuevo hacia atrás, fijando la vista en el ordenador.

Cuando mi amiga salió, me guiñó un ojo, señal de que nuestra conversación no se iba a quedar ahí. Justo en ese momento volvió el jefe y me dejó unas cartas sobre la mesa.

—Señorita Torres, vamos a hacer una campaña para una empresa de bikinis este viernes —comentó con ese peculiar acento estadounidense—. A mí me resulta imposible ir a la cita con las modelos y el fotógrafo de la empresa, pero es un proyecto importante.

»Creo que es hora de que suba puestos, así que he decidido delegar en usted. El viernes a las diez tendrá que estar con ellos. No se olvide, no llegue tarde y apunte todos los detalles. En cuanto hable con el gerente de la empresa le haré saber las pautas que debe darle al fotógrafo.

Acto seguido, se encaminó hasta la puerta de su despacho y, justo antes de entrar, volvió a girarse hacia mí y me miró por encima de sus gafas de Armani.

—Tengo mucha fe puesta en usted; no me falle.

Le miré, asintiendo, mientras entraba en su despacho. Mi cara debía ser un poema. Llevaba desde el final de mis estudios trabajando de secretaria del señor Brown, un importante publicista del extranjero que se había trasladado hasta aquí para llevar él mismo esta sucursal. Mi idea era ir ascendiendo puestos para poder aprender y montar mi propia empresa de publicidad, pero no pensé que sería tan rápido.

Mis expectativas subían por momentos, al igual que la sonrisa que se dibujó en mi rostro por la noticia. Me dieron ganas de pegar saltos de alegría, pero Brown me habría visto y hubiera sido muy poco profesional por mi parte. En su lugar, carraspeé ligeramente, volví a ponerme recta, me fijé en que mi coleta estuviese con cada pelo en su lugar y continué mi trabajo.

Cuando llegó el viernes por la mañana, estaba tan emocionada que no sabía ni qué ponerme, a pesar de que mis modelitos para el trabajo solían ser limitados. No me gustaba llamar demasiado la atención, por lo que de prendas básicas no solía pasar. Lo que más variaban eran las camisas, que dependían de la época del año, y los zapatos. Mi maletín negro siempre iba conmigo, era el mejor aliado. Ese día, decidí llevar una blusa turquesa y unos zapatos del mismo color. Me maquillé lo mínimo, como siempre, y salí en dirección al garaje.

No dudé demasiado en que aquel era el lugar correcto cuando aparqué el coche. Abrí los ojos de forma desmesurada por lo que estaba viendo: aquello parecía un auténtico circo. Había hasta una pecera enorme con un delfín en su interior. ¿Eso no era pasarse? Nada más llegar al estudio fui empujada un par de veces, así que me mantuve en segundo plano hasta dar con el fotógrafo, que estaba haciéndoles señas a un par de modelos para que se centrasen.

Avancé hacia él, decidida. Mi jefe solo me había dicho la dirección, nada de nombres, por lo que me tocaría preguntar. Conforme me iba acercando y el chico se erguía, pude tener una mejor visión de su trasero. Fue inconsciente, pero sus posaderas eran tan perfectas que sentí que incluso me habían llamado. Pestañeé un par de veces, riéndome de mi misma, justo antes de llamar su atención.

—Disculpe, soy la enviada del Señor Brown. Me dijeron que tenía que ultimar los detalles con usted. ¿Con quién tengo el placer de tratar?

El hombre del culo perfecto se dio la vuelta y, por supuesto, su delantera no era menos envidiable. Era guapo, alto, moreno… y sus ojos grises te quitaban el sentido. Me sonrojé un poco al notar cómo me miraba, tan directamente, y esbozaba una sonrisa refrescante.

—Vaya, preciosa, ¿no te acuerdas de mí? Con lo bien que lo pasamos la otra noche. —Debí quedarme blanca, porque hizo una pausa un tanto incómoda antes de continuar— Ah, por cierto, —Se acercó a mí y me cogió un mechón de pelo— si eres tan amable, devuélveme la chupa. Le tengo mucho cariño.

Acto seguido me guiñó un ojo y volvió a girarse, dejándome descolocada, acalorada y con una cara de incredulidad bastante importante mientras me venían a la mente todos los recuerdos sobre Culo Perfecto.


Capítulo 2 [Fragmento aclaratorio]

 

 

Soy bastante altanera cuando alguien se burla de mí como lo estaba haciendo aquel personaje, pero decidí que no era el mejor momento para montar una escena. Estábamos en el trabajo y, a pesar de que mis nervios empezaban a dispararse, teníamos que comportarnos como dos profesionales. Por esa razón, respiré hondo y le ofrecí mi mano.

—Evangeline Torres, secretaria del señor Brown, jefe de la empresa publicitaria New Age Association. Vengo en sustitución del mismo y me han indicado que debo darle los detalles para las fotografías de nuestra campaña.

El fotógrafo asintió y me estrechó la mano. Pude notar cómo se me erizaban todos los pelos de la nuca ante su contacto (además de las miradas asesinas que me estaban echando las modelos por acaparar a su guapo jefe).

—Mario Ortiz, fotógrafo autónomo y su compañero de hace un par de noches. Espero, al menos, que, aunque no me recuerde, aún tenga en su posesión esa cazadora. Créame, la necesito. Y ahora, si me disculpa, tengo que seguir con mi trabajo, señorita Torres —contestó sin hacerme esperar.


Capítulo 9 [Fragmento final]

 

 

La peque de la casa asintió antes de darme las buenas noches y subir a su cuarto para echarse en la cama. Debía estar exhausta después de aquel día tan intenso. Respiré hondo y me estiré ligeramente justo antes de escuchar el sonido de mi móvil. Miré el reloj, sorprendida por el timbre del aparato: las dos de la mañana. Qué raro.

Cogí el aparato y me fijé en el nombre que aparecía ante mí. El pulso se me aceleró y apenas tardé cinco segundos en salir a la puerta. Avancé unos pasos y, de pronto, sentí un golpe en la nuca y algo que me cubría la cabeza. Mi móvil cayó al suelo, aún con la pantalla iluminada, mostrando el mensaje que acababa de llegar al terminal:

La verdad es que no estoy cansado. ¿Te apetece tomar algo? Te espero fuera. 

Mario.


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